Hitler y la comida: del pichón relleno a la dieta vegetariana

Dos horas antes de pegarse un tiro, Adolf Hitler comió espaguetis con salsa de tomate dentro del búnker donde se refugiaba en Berlín. Se la sirvió Constanze Manziarly, su cocinera personal, en presencia de las secretarias Traudl Junge y Gerda Christian. Aquel suceso tuvo lugar el 30 de abril de 1945 y marcaría el final de la Segunda Guerra Mundial. Eran las 13:00 horas cuando le sirvieron el plato en la mesa mientras el ejército rojo avanzaba sin apenas resistencia. Estaban a tan solo 500 metros del búnker.
Después de comer, Hitler se retiró a su escritorio y se suicidó a las 15:30 horas. Su cadáver lo quemaron de forma apresurada en el jardín de la Cancillería, bajo el asedio del fuego soviético. Tal como informó, al día siguiente, el corresponsal de The New York Times, mucha gente no creía que el Führer hubiera hecho algo así: "Los presos políticos alemanes con los que conversé, en general, no confían en la información. Sospechan que hay un truco detrás del anuncio. Hitler había sido tan bandido que algunos creen que era incapaz de morir honestamente". Pero lo más macabro sucedió después. Sin tener noticias de su suicidio, Constanze Manziarly recibió la orden de que debía preparar su cena habitual: huevos fritos con puré de patatas. La cocinera obedeció sin prestar atención al desconcierto y la calma tensa que reinaba en el búnker.
En sus últimos años de vida, Adolf Hitler se esforzó en proyectar la imagen de vegetariano obstinado, pero era pura propaganda. De hecho, en los años 30, iba con regularidad al Hotel Atlantik de Hamburgo para comer pichón relleno mientras planificaba su ascenso al poder. La chef Dione Lucas era la persona que se encargaba de cocinar solo para él cuando llegaba al establecimiento. Ya hace 80 años que falleció el dictador nazi, pero sus hábitos alimentarios siguen causando curiosidad. En este artículo vamos a desvelar muchas curiosidades y también desmontaremos algunos mitos que la maquinaria de propaganda del Tercer Reich se esforzó mucho en proyectar.
Renunció a las albóndigas de hígado
En el año 2018, un equipo de científicos franceses se atrevió a hacer un análisis que generó expectación: los dientes de Hitler. Desde 1945, las reliquias del dictador habían sido guardadas con celo por el servicio secreto ruso. Los resultados de la investigación los difundió el European Journal of Internal Medicine y fueron reveladores: no había ni un solo rastro de fibra de carne en el sarro dental. Esto confirmó que sí, Hitler era vegetariano... pero solo al morir. ¿Y por qué razón? Se lo aconsejó su médico personal, el Dr. Theodor Morell, cuando el dictador tenía 53 años. Murió tres años más tarde.
Desde finales de los años 30, el Führer sentía unos dolores en el estómago tan fuertes que tenía que atiborrarse de pastillas todos los días. De ello tenemos constancia gracias a la documentación del doctor Morell: flatulencias que lo avergonzaban en público, calambres que le provocaban fuertes dolores y un síndrome del colon irritable que empeoraba a medida que avanzaba la guerra. De mala gana, Hitler tuvo que renunciar a comer las albóndigas de hígado austriacas y también el jamón que tanto le gustaba.
No le gustaba que comieran carne en su presencia

Cenar con Hitler podía ser una experiencia perturbadora. Según relataron múltiples testimonios, mientras los invitados cortaban sus filetes, el Führer explicaba con detalle cuál era el proceso de sacrificio de los animales en el matadero. Según recordó Albert Speer, arquitecto alemán que ejerció como ministro de Armamento y Producción de Guerra de la Alemania nazi, “cuando alguien comía carne en su presencia, describía con todo lujo de detalles cómo sufrían los animales hasta que los comensales perdían el apetito”.
Pocos se atrevieron a rebelarse contra Hitler tanto como lo hizo Otto Günther, apodado "Krümel". Era el cocinero austríaco que intentaba mejorar, con caldo de carne, los platos vegetarianos que comía el Führer. “Cuando se llevaba la comida a la boca y creía notar el intento de engaño”, explicó la secretaria Traudl Junge, “se enfadaba mucho y le daban dolores de estómago”. ¿Era detección real o sugestión psicosomática? Probablemente lo segundo.
El motivo por el cual pesaba 77 kilos

El Tercer Reich escondió durante mucho tiempo un secreto que, cuando quedó al descubierto, puso sobre la mesa una paradoja que muy pocas personas habrían imaginado: Hitler era vegetariano durante el día y se transformaba en un adicto al chocolate por la noche. ¿Y cómo lo sabemos? Por las cartas que escribió Constanze Manziarly: “horneo durante horas y cuando es de noche, todo desaparece”.
Y es que la voracidad del Führer no conocía límites: éclairs decorados con pequeñas esvásticas de azúcar, montañas de pasteles vieneses, pralinés que según él "le calmaban los nervios". A la taza de té le ponía hasta siete cucharaditas de azúcar. Llegó a pesar 77 kilos y lo raro es que no hubiera ganado más peso con lo goloso que era. Pero, por si fuera poco, los sirvientes debían hacerle un pastel de manzana con nueces y pasas, llamado Führerkuchen, y dejarlo en su mesita de noche para que se diera el gran atracón antes de dormir.
En los últimos días de abril de 1945, Traudl Junge observó que el Hitler que ella conocía había desaparecido. Antes era una persona muy pulcra y ahora, en el ocaso de su vida, aparecía con manchas de chocolate en el uniforme y migas de pastel en la comisura de los labios. El chocolate era el único consuelo que le quedaba frente a las ensoñaciones megalómanas que había creado sobre su persona durante años.
Margot Wölk: la catadora que sobrevivió para contarlo
Durante el Reich, muchas mujeres arriesgaron su vida llevándose la comida a la boca. En concreto, 15 chicas tenían la misión de probar todos los platos que preparaban para Hitler antes que él para saber si estaba envenenada. Margot Wölk fue la única que sobrevivió para contarlo y lo hizo en 2013 a los 95 años. “Todo lo que comía era vegetal, los productos frescos más deliciosos que se podían conseguir”, señaló con una mezcla de nostalgia y horror cuando su cabeza se poblaba de imágenes del pasado.
“A Hitler le servían espárragos, pimientos y guisantes acompañados de arroz y ensaladas. Era la mejor comida de nuestra vida, pero cada bocado podía ser el último". Las catadoras tenían la orden de esperar 45 minutos después de probar la comida. Si sobrevivían, se la servían al Führer en la mesa. Su mirada siempre seria y sus enormes ojos azules provocaban mucho temor entre las personas del servicio. Al final de la guerra Margot logró escapar, pero siempre vivió con el temor de pensar que sería envenenada. El resto de sus compañeras fueron ejecutadas por los soviéticos.
El secreto médico que destruye el mito vegetariano de Hitler
Mientras Hitler sermoneaba sobre la crueldad hacia los animales y presumía de no comer carne, su médico le inyectaba Glyconorm: un cóctel que contenía glándula suprarrenal, hígado, páncreas, placenta, testosterona bovina y extractos de vesículas seminales. Todo de origen animal. El Glyconorm era un tónico popular en Suiza que se utilizaba para combatir numerosas infecciones.
El Dr. Morell le administraba estas inyecciones varias veces por semana para combatir su cansancio crónico. La contradicción es manifiesta: el mismo hombre que describía con lujo de detalles el sufrimiento en los mataderos para arruinar el apetito de sus invitados, se inyectaba un compuesto fabricado con órganos de múltiples animales.
Eva Braun: champagne en el desayuno, el almuerzo y la cena

Mientras Hitler masticaba sus guisantes al vapor, su amante Eva Braun vivía en un universo paralelo poblado de burbujas doradas y lujo. Bebía champagne como si fuera una estrella de Hollywood y lo hacía en el desayuno, durante los almuerzos formales, por las noches con su hermana Gretl, e incluso cuando visitaba a Hitler, en su estudio, vestida con una bata de seda.
"Consumía champagne como si fuera agua", documenta la historiadora Laura Shapiro en su libro “What she ate” (Lo que ella comía) tras analizar diarios y testimonios de su círculo más íntimo del búnker. Pero el alcohol no era su única obsesión. También lo era mantener su peso a raya. El testimonio de Traudl Junge nos recuerda cómo Eva apenas picoteaba la comida, atrapada en la fantasía de ser "la mujer más esbelta y delicada del Reich".
Como anfitriona, desplegaba banquetes de salchichas bávaras y cerdo asado para sus invitados, pero ella misma no tocaba ningún plato. "Preparaba festines que jamás probaba", confirmó Albert Speer. Su relación con la comida dejaba al descubierto un hecho revelador: despreciaba el vegetarianismo de Hitler y se burlaba abiertamente de él. Mientras el Führer sermoneaba sobre la crueldad hacia los animales, Eva pedía otra copa de champagne y soñaba con un mundo donde las restricciones —dietéticas y de cualquier otro tipo— simplemente no existieran.
En las pinturas de Hitler no hay ni una manzana

Entre las 2.000 a 3.000 obras que pintó durante su carrera artística, no existe ni una sola naturaleza muerta con comida. Ni una manzana, ni un racimo de uvas, ni siquiera un modesto bodegón con pan. Esta ausencia resulta reveladora cuando se considera que las naturalezas muertas con alimentos representaba uno de los ejercicios más básicos de cualquier artista aficionado de la época. El historiador del arte O.K. Werckmeister lo atribuye a las limitaciones técnicas que tenía Hitler. El mismo hombre que torturaba a sus invitados describiendo cómo se trabajaba en los mataderos, que se inyectaba Glyconorm y que devoraba chocolate y pasteles, jamás plasmó un solo alimento en sus pinturas. Sus obras solo mostraban edificios, paisajes y un retrato de la Virgen María y del niño Jesús. Al final, el arte de Hitler reveló lo mismo que su dieta: una incapacidad total para relacionarse con los demás.
💡 PARA RECORDAR
La propaganda nazi construyó el mito del Hitler vegetariano, pero la realidad era distinta. Durante los años 30, comió regularmente pichón relleno, albóndigas de hígado y jamón. Adoptó la dieta vegetariana, a partir de 1941, por prescripción médica para tratar de paliar los problemas digestivos severos que padecía. La ironía es demoledora: mientras sermoneaba sobre la crueldad animal, Hitler se inyectaba Glyconorm, un cóctel compuesto de glándulas suprarrenales, hígado, páncreas y testosterona bovina. Por las noches, devoraba cantidades enormes de chocolate y pasteles. El dictador nazi se suicidó el 30 de abril de 1945. Dos horas antes de acabar con su vida, comió espaguetis con salsa de tomate.
❓ Preguntas frecuentes
¿Hitler era vegetariano?
No. Hitler comenzó a seguir una dieta vegetariana a partir de 1942 por recomendación médica. Hasta ese momento, comía carne con regularidad. Le gustaba el pichón relleno, las albóndigas de hígado y el jamón. En 2018, hicieron un análisis forense a sus dientes que confirmaron las sospechas. Se hizo vegetariano tres años antes de morir para paliar los problemas digestivos que padecía.
¿Por qué la propaganda nazi promovió el mito del Hitler vegetariano?
Era una manera de humanizar al dictador y conectarlo con supuestos ideales de pureza y disciplina. La realidad desmentía este relato: Hitler comió carne y se inyectaba Glyconorm, un compuesto hecho con órganos animales.
¿Qué comió Hitler en su última comida antes de suicidarse?
Dos horas antes de suicidarse, comió espaguetis con salsa de tomate preparados por su cocinera Constanze Manziarly. Sucedió a las 13:00 horas en el búnker de Berlín. Después se retiró a su despacho y se quitó la vida a las 15:30 horas. Su cuerpo fue quemado en el jardín de la Cancillería.
¿Qué era el Glyconorm que le inyectaban a Hitler?
Era un tónico medicinal desarrollado en Suiza que contenía glándula suprarrenal, hígado, páncreas, placenta, testosterona bovina y extractos de vesículas seminales. El Dr. Theodor Morell se lo inyectaba a Hitler varias veces por semana para combatir su cansancio crónico.
¿Cuánto chocolate comía Hitler al día?
Le gustaba comerlo por las noches y lo hacía de forma compulsiva. Según las cartas de su cocinera Constanze Manziarly, "horneaba durante horas y cuando era de noche, todo desaparecía". Le gustaban los éclairs decorados con esvásticas de azúcar, montañas de pasteles vieneses, pralinés y un pastel especial llamado Führerkuchen que dejaban en su mesita de noche. A pesar de su voracidad, pesaba solo 77 kilos.
¿Por qué Hitler nunca pintó alimentos en sus obras?
El historiador O.K. Werckmeister lo atribuye a sus limitaciones técnicas. Sus obras solo mostraban edificios vacíos y paisajes desolados, reflejando su incapacidad para relacionarse con los seres vivos.
¿Quién probaba la comida de Hitler antes que él?
Lo hacían 15 mujeres jóvenes. Se pensaba que de ese modo se evitaría que el Führer fuera envenenado. Margot Wölk fue la única que sobrevivió para contarlo en 2013. Según su testimonio, la comida era completamente vegetal: espárragos, pimientos, guisantes, arroz y ensaladas. Debían esperar 45 minutos después de probar. Si sobrevivían, se la servían al Führer.
