¿Napoleón murió envenenado? Lo que revela la ciencia 200 años después

Napoleón Bonaparte falleció el 5 de mayo de 1821, exiliado en la isla de Santa Elena. Su muerte alimentó durante décadas una pregunta obsesiva: ¿lo asesinaron? Mientras los médicos de la época sostenían que el fallecimiento se debió a causas naturales, numerosos historiadores defendieron la teoría del envenenamiento con arsénico.
La ciencia ha confirmado que efectivamente había arsénico en su cuerpo. Sin embargo, la realidad que ha quedado al descubierto es mucho más compleja —y fascinante— que cualquier conspiración. Hoy sabemos que Napoleón murió de un cáncer gástrico agresivo, acelerado por un tratamiento médico negligente. En el siglo XIX era habitual recetar sustancias tóxicas, incluido el arsénico, para tratar todo tipo de dolencias. De forma paradójica, el veneno que alimentó las teorías conspirativas probablemente formó parte de la medicación que debía seguir.
Los últimos días de Napoleón en el exilio de Santa Elena
Para entender mejor el debate público que generó su muerte, primero sería necesario entender quién fue Napoleón Bonaparte. Como ha ocurrido otras tantas veces en la historia, se trató de un militar calificado por sus contemporáneos de genial y despiadado que, contra lo que muchos habrían imaginado, llegó a coronarse como Emperador de los franceses.
Si como militar mostró una ambición desmedida por conquistarlo todo, en su vida personal hubo todavía más turbulencias. Tuvo dos esposas, Josefina y María Luisa de Austria, y varios hijos, aunque solo uno legítimo, Napoleón II, conocido como "el Aguilucho".
Si bien los ingleses lo ridiculizaron diciendo de él que era un enano con un sombrero muy grande, lo cierto es que Napoleón medía 1,69 metros. Su estatura estaba dentro de la media de aquella época. Como estratega, demostró su genio en muchas batallas y fue un rival temido en toda Europa, pero su suerte cambió en 1815. Los británicos le derrotaron en Waterloo (Bélgica). Aquella fecha marcó el final de su imperio y también el de toda una era. Para humillarlo, los ingleses le obligaron a exiliarse y pasar el resto de su vida en Santa Elena, una isla remota y escarpada que se ubica en medio del Atlántico Sur. Aquella porción de tierra tenía fama de ser inexpugnable.
Longwood House: escenario de la muerte más debatida de la historia

Cuando Napoleón reflexionaba sobre su destino, nunca imaginó que moriría en la isla de Santa Elena. Vivió sus últimos días en una antigua granja de madera reconvertida en prisión y ubicada en la parte más recóndita de la isla. Debido a la humedad, el papel de las paredes siempre se despegaba y el frío que reinaba en el ambiente obligaba a quemar los muebles para conseguir algo de calor. Por si fuera poco, Napoleón convivía con las ratas que corrían por las habitaciones a sus anchas. En el exterior, el azote de los vientos alisios era constante y cuando se veía desde lejos, la prisión siempre estaba envuelta en la niebla.
Es fácil suponer que en un entorno tan fétido y enfermizo, la salud del hombre que había conquistado Europa se deteriorara con tanta facilidad. Prueba de que esto fue así son los diarios del Gran Mariscal Bertrand y Louis Marchand, primer valet de cámara. Ambos documentaron su fatiga, sus dolores abdominales que lo doblaban en dos y las náuseas persistentes. En 1821, la situación se volvió crítica. Tal como relató después su médico, Francesco Antommarchi, los vómitos constantes de Napoleón parecían “similares a posos de café". Este hecho era un signo inequívoco de la hemorragia gástrica interna que padecía. El Gran Mariscal Bertrand escribió conmovido que el emperador, debilitado, rogaba por una cucharada de café "como un niño obediente".
La teoría del arsénico lo convirtió en una víctima
A pesar de que la autopsia inicial apuntaba a causas naturales, la teoría de que Napoleón fue asesinado nunca desapareció del todo. Más bien al contrario: fue cobrando fuerza a lo largo del siglo XX sostenida por tres pilares: una prueba científica que parecía irrefutable, un contexto histórico que facilitaba el crimen y la existencia de un sospechoso con el móvil y la oportunidad perfectos. A continuación, vamos a analizar cada uno de estos puntos clave.
El cabello del emperador como prueba del crimen
La teoría del envenenamiento tomó un impulso renovado en 1961, cuando un toxicólogo aficionado sueco llamado Sten Forshufvud leyó las memorias que escribió Louis Marchand. Cuando Forshufvud encontró en varias ocasiones síntomas tales como sed insaciable, pérdida de cabello y piernas hinchadas, empezó a sospechar que aquello le resultaba familiar.
Forshufvud creyó tener una corazonada que podría cambiar el relato histórico sobre la muerte del ex emperador de Francia y se puso en contacto con la Universidad de Glasgow para sugerirles un análisis. Propuso que examinaran un mechón de pelo de Napoleón mediante una técnica pionera en la época: la activación neutrónica.
El resultado fue una bomba que saltó rápidamente a los medios y se convirtió en noticia: se habían encontrado niveles de arsénico que llegaron a situarse hasta 38 veces por encima del promedio. Esa evidencia científica aparentemente irrefutable dio nueva vida a la idea de que el ex emperador de Francia había sido asesinado. Por si fuera poco, varias décadas después, en 1995, el FBI volvió a analizar mechones de pelo y confirmó que los resultados eran consistentes con la hipótesis del envenenamiento por arsénico.
En el siglo XIX el veneno estaba en todas partes
Aquí es donde la teoría del asesinato se encuentra con su mayor obstáculo: el contexto histórico. Para entender por qué Napoleón tenía arsénico en su cuerpo, hay que saber que este elemento químico tóxico tenía aplicaciones muy diversas y de uso común.

- El papel tapiz verde de Scheele: las paredes de Longwood House estaban empapeladas con un popular pigmento verde esmeralda que contenía arsenito de cobre. En el clima húmedo de Santa Elena, los hongos metabolizaban este compuesto, liberando gas de trimetilarsina, un vapor tóxico que Napoleón respiraba a diario.
- Medicina y cosmética venenosa: la medicina de la época era un cóctel químico letal. Se prescribían "tónicos" como la Solución de Fowler, que contenía un 1% de arsenito de potasio para tratar la fiebre, cefaleas periódicas, la malaria, la sífilis, el asma y la psoriasis. Asimismo, en aquella época las mujeres utilizaban cosméticos, que contenían arsénico, para palidecer el rostro. Un ejemplo de ello eran las "arsenic complexion wafers" (obleas de arsénico para la tez). Se trataba de pastillas que se comían para lograr una piel traslúcida y “eliminar pecas, granitos y otras marcas faciales".
- Comida y vino contaminados: el arsénico se usaba ampliamente como pesticida en viñedos desde finales del siglo XIX, particularmente en forma de "Paris Green" (arsenito de cobre).
El conde de Montholon es el principal sospechoso
Toda buena teoría de la conspiración requiere un villano, y en esta historia ese papel recayó sobre el conde Charles-Tristan de Montholon. A diferencia de otros compañeros de exilio, su lealtad hacia Napoleón podría calificarse de cuestionable y controvertida. En su condición de chambelán, controlaba los alimentos y bebidas que consumía el emperador. Además, figuraba en el testamento de Napoleón y, tras su muerte, heredó dos millones de francos, una suma mayor que la que percibieron los demás beneficiarios.
Los defensores de la teoría del asesinato, como el empresario canadiense Ben Weider, lo señalaron como un agente a sueldo del conde de Artois (futuro Carlos X) con la misión de eliminar al emperador. No obstante, numerosos historiadores de reconocido prestigio rechazan tal acusación. Sostienen que ningún análisis contemporáneo puede demostrar que el conde de Montholon administrara deliberadamente a Napoleón dosis progresivas de arsénico con intención de matarlo.
Cáncer gástrico y mala praxis médica
Frente a la seductora teoría del asesinato, la ciencia forense y la patología moderna ofrecen una explicación sólida y alejada de elucubraciones teóricas. Los hallazgos de la autopsia original explicados con el conocimiento actual de que disponemos han revelado un cuadro clínico devastador. Napoleón sufría una enfermedad mortal que se aceleró como consecuencia de los tratamientos médicos de la época.
Lo que la autopsia de Napoleón mostró al mundo

Eran las dos de la tarde del 6 de mayo de 1821 cuando el doctor Francesco Antommarchi, anatomista y discípulo del célebre Giuseppe Mascagni, realizó la autopsia al cuerpo del ex emperador. Actuaron como testigos dieciséis personas, entre ellas siete médicos británicos y varios compañeros de exilio del emperador.
Ni siquiera habían transcurrido veinte horas desde su muerte y lo que encontraron fue devastador. Una masa ulcerada y endurecida cubría cuatro quintas partes del estómago, extendiéndose desde el cardias hasta aproximadamente 2,5 centímetros del píloro.
Este cáncer gástrico había avanzado tanto que perforó la pared del estómago. El agujero medía unos 7 milímetros, pero milagrosamente el hígado lo había sellado de forma natural, evitando una muerte más temprana. Aun así, el tumor provocaba hemorragias internas severas que se manifestaban en vómitos de color marrón oscuro. Su textura era parecida a los posos del café.
El hallazgo más revelador para descartar el envenenamiento fue el estado del hígado. Este órgano habría quedado gravemente dañado de haber filtrado arsénico durante años, con lesiones imposibles de ocultar. Aunque hubo discrepancias entre los médicos —Antommarchi lo describió como "hinchado y con mucha sangre acumulada” mientras que los británicos insistieron en que estaba "perfectamente sano"—, ambas partes coincidían en lo fundamental: no existían las lesiones propias del envenenamiento por arsénico.
En el fondo, estas discrepancias ocultaban motivaciones políticas. Durante años, Napoleón se había quejado públicamente de que el clima de Santa Elena destruía su salud. Y no le faltaba razón: muchos habitantes de la isla padecían problemas hepáticos debido a las pésimas condiciones sanitarias y al agua contaminada que bebían.
Los británicos, responsables del cautiverio, temían un escándalo internacional. Si la autopsia oficial mencionaba cualquier problema hepático, la opinión pública mundial los habría acusado de matar a Napoleón por culpa de las duras condiciones que debía soportar en la prisión. Por eso insistieron en que el hígado estaba "perfectamente sano". Necesitaban demostrar que el emperador había muerto de cáncer —una enfermedad natural— y no por las condiciones de su cautiverio en aquella isla remota del Atlántico sur.
Cáncer vs. Veneno: un análisis comparativo de los síntomas
La evidencia clínica refuerza los hallazgos de la autopsia. Al comparar los síntomas que Napoleón padeció con los cuadros clínicos conocidos, el diagnóstico se vuelve evidente. Esta tabla resume los puntos clave para resolver el misterio:
| Síntoma clave | Evidencia en Napoleón | ¿Compatible con cáncer gástrico? | ¿Compatible con envenenamiento por arsénico? |
|---|---|---|---|
| Pérdida de peso | Perdió más de 11 kg en su último año, de forma progresiva y constante. | SÍ. Es la caquexia típica del cáncer avanzado, un desgaste lento y continuo. | NO. El envenenamiento provoca pérdidas de peso agudas y erráticas, no un declive sostenido. |
| Vómitos | Sufría vómitos "en posos de café", según describió su médico. | SÍ. Es un signo clásico de hemorragia gástrica interna causada por un tumor ulcerado. | NO. No es un síntoma característico. El arsénico provoca vómitos violentos, pero no de este tipo. |
| Estado del hígado | La autopsia, pese a las disputas, no encontró las lesiones típicas de la toxicidad crónica. | SÍ. El cáncer gástrico no necesariamente daña el hígado en sus primeras etapas. | NO. El envenenamiento crónico por arsénico destruye el hígado. Un hígado sin estas lesiones es la prueba más fuerte contra el veneno. |
| Dolor abdominal | Padecía dolores agudos en el abdomen. | SÍ. Eran consistentes con la úlcera de 7 mm que perforó la pared de su estómago. | SÍ. El arsénico también causa dolores abdominales, pero no explicaría los otros hallazgos de la autopsia. |
La sobredosis fatal de calomel
Si el cáncer fue la sentencia de muerte, la medicina de la época fue el verdugo involuntario. El 3 de mayo de 1821, dos días antes de que Napoleón muriera, los médicos británicos decidieron que lo más conveniente para paliar el estreñimiento severo era administrarle calomel (cloruro de mercurio). A pesar de que el doctor Antommarchi se opuso de forma muy enérgica, los ingleses le administraron 10 granos del supuesto remedio, una dosis que era cinco veces superior a la habitual. Al menos, eso es lo que aseguran los registros de la época.
El resultado fue letal. El calomel, administrado a un paciente que tenía el estómago perforado, funciona como una bomba química. A las pocas horas de tomarlo, Napoleón evacuó deposiciones negras alquitranadas lo cual era una manifestación clara de la hemorragia interna que padecía. Esa situación desembocó en una arritmia cardíaca fatal.
Por tanto, queda claro que Napoleón no fue asesinado por el veneno de un enemigo, sino por la “medicina” que le administraron. Los médicos británicos, en su intento por salvarlo, aceleraron su muerte sin ser conscientes de ello.
Un cadáver que no descansa en paz
El debate sobre la muerte de Napoleón no terminó cuando enterraron su cuerpo. Más bien todo lo contrario. Los acontecimientos posteriores solo sirvieron para alimentar la leyenda de un hombre que incluso hoy sigue despertando admiración. Lo que debería haber sido el punto y final de una historia llena de hazañas bélicas y una derrota humillante, se convirtió en el inicio de un relato de misterio que ha atrapado a miles de lectores e historiadores de todo el mundo.
De Santa Elena a Los Inválidos: el viaje final del emperador
En 1840, diecinueve años después de su muerte, el rey Luis Felipe I de Francia negoció con los británicos el retorno de los restos de Napoleón. La decisión fue política: necesitaba aumentar su popularidad y unir a los franceses en torno a su figura.
El 15 de octubre, cuando la expedición francesa abrió la tumba en Santa Elena, los testigos quedaron estupefactos. Entre ellos estaban antiguos compañeros del exilio como los generales Bertrand y Gourgaud, quienes habían estado al lado del ex emperador en sus últimos años de vida. Tras apenas dos minutos de ver el cuerpo, Gourgaud, ahogado en lágrimas, exigió que cerraran el féretro. Se había emocionado al ver que el rostro de Napoleón seguía siendo reconocible. Parecía como si estuviera a punto de despertar.

Esta extraordinaria conservación reavivó de inmediato las teorías del envenenamiento, pues el arsénico es conocido por sus propiedades conservantes. Sin embargo, la explicación científica de este fenómeno resultó ser más prosaica. El cuerpo de Napoleón había sido enterrado dentro de cuatro ataúdes superpuestos como muñecas rusas: primero uno de estaño, después caoba, luego plomo y finalmente roble. Esta protección múltiple, habitual en los entierros de personajes importantes, creó un ambiente sin aire donde se produjo la saponificación. Es decir, la grasa corporal se había transformado en adipocira, una sustancia cerosa que preserva los tejidos.
Porqué sigue vivo el mito del envenenamiento
A pesar de la abrumadora evidencia científica que confirma la muerte de Napoleón por cáncer, las teorías del asesinato se niegan a morir. Este fenómeno revela más sobre nuestra psicología colectiva que sobre los hechos históricos ocurridos hace 200 años.
Las vidas extraordinarias parecen exigir muertes extraordinarias. Para muchos, resulta inconcebible que el hombre que conquistó Europa falleciera de algo tan mundano como un cáncer de estómago. El nacionalismo francés también juega su papel: es más heroico imaginar a Napoleón como un mártir asesinado por sus enemigos británicos que como víctima de una enfermedad acelerada por la mala praxis médica de la época.
Sin olvidar que los misterios son un negocio lucrativo. Desde 1961, cuando el dentista sueco Sten Forshufvud lanzó la teoría del arsénico, se han vendido millones de libros, producido decenas de documentales y generado incontables titulares sensacionalistas. El empresario canadiense Ben Weider construyó toda su fama promoviendo la teoría del asesinato del ex emperador francés.
En nuestra era digital, las conspiraciones se viralizan con más rapidez que los papers científicos. El mito del envenenamiento de Napoleón nos enseña una verdad incómoda: a veces preferimos una mentira fascinante que una verdad aburrida.
💡 PARA RECORDAR
Napoleón no murió envenenado por arsénico, tal como sostuvieron diversas teorías conspirativas durante décadas. La ciencia forense ha demostrado que falleció debido a un cáncer gástrico avanzado que perforó su estómago. El arsénico encontrado en su cuerpo provenía del papel tapiz verde de Longwood House y de los tratamientos médicos de la época. La ironía es que no le mató ningún enemigo, sino que fueron los médicos británicos quienes, al suministrarle una sobredosis de calomel, aceleraron involuntariamente su fallecimiento.
❓ Preguntas frecuentes
¿Napoleón murió envenenado con arsénico?
No, Napoleón no murió envenenado. La ciencia forense ha demostrado que falleció el 5 de mayo de 1821 debido a un cáncer gástrico avanzado. Aunque se han encontrado altos niveles de arsénico en su cuerpo, provenientes del papel tapiz de su casa y de algunos remedios de la época, la comunidad científica considera que el arsénico no le mató, sino que fue el cáncer.
¿Por qué había arsénico en el cuerpo de Napoleón?
De múltiples fuentes: primero, el papel tapiz verde de Longwood House contenía arsenito de cobre que liberaba gas tóxico en ambientes húmedos y, segundo, medicamentos como la Solución de Fowler que contenían arsénico. Este elemento químico también se usaba en los cosméticos y el vino. A principios del siglo XIX, estar expuesto al arsénico era inevitable.
¿Qué causó realmente la muerte de Napoleón Bonaparte?
Napoleón murió de cáncer gástrico acelerado por mala praxis médica. La autopsia reveló que el tumor cubría cuatro quintas partes de su estómago y había perforado la pared gástrica. En un intento por paliar un desenlace inevitable, los médicos británicos le dieron una dosis de calomel cinco veces más alta de lo habitual, lo que a Napoleón le provocó hemorragia interna y arritmia cardíaca.
¿Quién fue el principal sospechoso de envenenar a Napoleón?
El conde Charles-Tristan de Montholon fue señalado como sospechoso porque él era quien controlaba lo que el emperador comía y bebía. Además, heredó dos millones de francos tras su fallecimiento. Sin embargo, numerosos historiadores rechazan esta acusación por falta de pruebas. El hígado de Napoleón no manifestó las señales típicas de haber sido intoxicado con arsénico.
¿Por qué el cuerpo de Napoleón estaba tan bien conservado en 1840?
Debido a la saponificación, no al arsénico. Su cuerpo fue enterrado en cuatro ataúdes superpuestos (estaño, caoba, plomo y roble) que crearon un ambiente hermético sin oxígeno. Este proceso transformó la grasa corporal en adipocira, una sustancia cerosa que preserva los tejidos durante más tiempo en buen estado.
¿Qué es el calomel y cómo mató a Napoleón?
El calomel es cloruro de mercurio y, durante el siglo XIX, se usaba como laxante. El 3 de mayo de 1821, los médicos británicos administraron a Napoleón 10 granos (cinco veces la dosis normal) a pesar de la oposición del doctor Antommarchi. En un estómago perforado, el calomel actuó como bomba química, provocando deposiciones negras alquitranadas, hemorragia interna masiva y arritmia cardíaca fatal.
¿Dónde está enterrado Napoleón actualmente?
Sus restos descansan, desde 1840, en el Palacio Nacional de los Inválidos (París). El rey Luis Felipe I dio la orden de trasladar su cuerpo a Francia, desde la isla de Santa Elena, en un gesto político que buscaba ser el nexo de unión entre todos los franceses. El monumental sarcófago de pórfido rojo, diseñado por el arquitecto Visconti, se encuentra bajo la cúpula dorada del Dôme des Invalides y es uno de los monumentos más visitados de Francia.
