El banquete de Versalles que precipitó la caída de María Antonieta

Durante el verano de 1789, Francia vivió una crisis política y social sin precedentes. El pueblo, hambriento y furioso, cuestionaba cada vez más los privilegios de Luis XVI y su esposa, la reina María Antonieta. La tensión creció hasta desembocar, la noche del 5 de octubre de 1789, en lo que hoy conocemos como 'La marcha sobre Versalles'.
¿Por qué se llegó a una situación tan extraordinaria? ¿Era solo una cuestión económica o había también motivos políticos? El detonante se encuentra en el banquete que el 1 de octubre los monarcas ofrecieron al Regimiento de Flandes. Los brindis y gestos de aquella velada fueron interpretados por la prensa como una provocación contra la Revolución. El estallido era inevitable.
Y eso fue lo que sucedió la noche del 5 de octubre. Mientras la lluvia se adueñaba de las calles de París, miles de mujeres —acompañadas por miembros de la Guardia Nacional— marcharon hacia Versalles para exigir pan a Luis XVI. Pero ante las puertas del palacio, muchas dirigieron su furia contra María Antonieta. Irrumpieron en el recinto, subieron las escaleras y entraron en los aposentos de la reina. Llegaron tarde: María Antonieta había escapado por un pasadizo secreto. Algunas mujeres, llenas de ira, acuchillaron el colchón convencidas de que la causante de todos sus males yacía bajo las sábanas.
Los hechos de aquella noche transformaron Francia de forma irreversible. Obligaron a la familia real a abandonar Versalles y trasladarse a París, donde quedarían bajo la vigilancia del pueblo. Fue el principio del fin de una monarquía que había gobernado durante casi ocho siglos.
"Que coman pasteles": el escándalo que precedió la tragedia

Imagina que con lo que ganas por un día de trabajo solo pudieras comprar una barra de pan. Pues esa era la situación que los parisinos vivieron durante el otoño de 1789. El precio de una hogaza de casi dos kilos se había disparado hasta alcanzar los 14,5 sous y esto suponía que, después de comprar el pan, al trabajador tan solo le quedaban unas pocas monedas para pagar el alquiler, la ropa, el fuego y todo lo demás. La vida se reducía a una lucha diaria por la supervivencia.
Desde primera hora de la madrugada, las mujeres hacían cola frente a las panaderías y, con frecuencia, volvían a casa con las manos vacías. Para entender la ira que se había despertado en la población, nos tenemos que remontar a 1775. Hasta ese momento, el rey era la persona que se encargaba de controlar el precio del grano para asegurar que la compra del pan fuera asequible para toda la población.
Pero ese año Turgot, el Contralor General de Finanzas, cambió las reglas del juego y liberalizó el mercado del grano dejándolo en manos privadas. El resultado fue un desastre: la especulación disparó los precios y mucha gente no tenía nada que llevarse a la boca. La desesperación provocó una oleada de motines, más de trescientos en todo el país. Aquel episodio, llamado "la Guerra de las Harinas", fue la semilla que sembró una profunda desconfianza hacia la monarquía como institución.
Pero el pueblo no solo se enfrentaba a la actitud altiva y de menosprecio de la corte; también tuvo que lidiar con los efectos de un cataclismo que acababa de suceder a miles de kilómetros. La erupción del provocó que las cosechas de 1788 y 1789 fueran un desastre. ¿Y eso cómo es posible? Al estallar, el volcán liberó una gigantesca nube de ceniza y gases en la atmósfera superior. Las corrientes de aire trasladaron la nube hasta dejarla suspendida en toda Europa. Aquel velo oscureció el continente y alteró su climatología. De pronto, los veranos se convirtieron en una estación fría y húmeda. Los inviernos alcanzaron temperaturas extraordinariamente bajas. Muchos campesinos perdieron sus cosechas y la hambruna surgió en todo el país.
María Antonieta y la frase que nunca dijo

Todo el resentimiento y la ira que se cocía en París necesitaba una cara visible, un chivo expiatorio al que poder responsabilizar de todos los males. María Antonieta fue la figura elegida. Ella mejor que nadie representaba a la aristocracia frívola que decidió vivir sin querer ver la realidad. Por ello, fue fácil atribuirle una frase que nunca pronunció y que, a pesar de todo, ha pasado a la historia como verdadera: "Que coman pasteles" ("Qu'ils mangent de la brioche").
El origen de esta frase se encuentra en las 'Confesiones' de Jean-Jacques Rousseau, una obra que escribió en 1767, cuando la futura reina consorte apenas tenía once años y vivía en Austria. Rousseau atribuía las palabras a una "gran princesa" sin nombre concreto, aunque todo indica que se refería a María Teresa de España. Entonces, ¿por qué se le atribuyó a María Antonieta? Aunque resulte paradójico, la culpa la tuvo la persona que trató de defenderla ante la opinión pública.
En el número de marzo de 1843 de la revista satírica "Les Guêpes", el periodista Jean-Baptiste Alphonse Karr escribió un artículo que quería dejar claro que María Antonieta jamás dijo con tono de desprecio "que coman pasteles". Pero al tratar de desmentir el rumor, asoció la cita con María Antonieta en el texto. Al hacer aquello, el periodista logró el efecto contrario de lo que pretendía desmentir. Popularizó un bulo que se extendió por el país con la misma velocidad que la nube tóxica del volcán Laki.
La propaganda revolucionaria había encontrado en "l’Autrichienne" —la austriaca, como la llamaban despectivamente— el blanco perfecto para canalizar y propagar su cólera. Pensemos que solo en 1789 se fundaron ciento ochenta periódicos y algunos de ellos, en poco tiempo, lograron tiradas que superaron los ochenta mil ejemplares. En todos ellos se publicaban artículos que contaban historias cada vez más escabrosas sobre María Antonieta. Por ejemplo, panfletos pornográficos como ‘Le Godmiché Royal' y 'L'Autrichienne en Goguettes' mezclaban el ataque político con el sexo. A María Antonieta la acusaban de practicar el lesbianismo, el incesto y de organizar orgías. El objetivo era claro: utilizar la misoginia como el arma política que sirviera para destruir la legitimidad de la reina y del resto de la familia real.
El golpe de gracia a la mala imagen de la reina vino de la mano de una estafa. La condesa de La Motte, una aristócrata de dudosa reputación, convenció al cardenal de Rohan para que comprara un collar de valor incalculable en nombre de María Antonieta. La operación debía permanecer en secreto. El cardenal era un hombre caído en desgracia y ansiaba satisfacer cualquier deseo de la reina con la intención de volver a la política por la puerta grande. Por eso acabó comprando el collar y se lo entregó a la condesa, pensando que se lo daría a María Antonieta.
Cuando se descubrió la estafa, el escándalo fue mayúsculo y obligó a la odiada "austriaca" a defender su inocencia en un juicio. Lo logró, pero su imagen pública quedó por los suelos ante un pueblo que estaba hambriento. La apodaron "Madame Déficit", por ser la personificación de un régimen corrupto que se precipitaba a la bancarrota.
El lujo obsceno de Versalles

Versalles era un universo paralelo que se encontraba a veinte kilómetros de París. Allí, donde todo era opulencia, carecía de significado hablar de hambre. Un ejemplo de lo expresado es el dinero del que María Antonieta disponía para gastar solo en vestidos durante el año. Sería el equivalente a 3,4 millones de euros actuales y eso sin contar con los frecuentes sobrecostes que sufrían muchas de las piezas que compraba.
Rose Bertin era para la reina lo que hoy representa un director creativo o un estilista de prestigio para una celebrity. La propia reina le dio el título de "Ministra de la moda". Dependiendo del tipo de vestido que diseñara, Rose Bertin creaba también un peinado acorde con el estilo para lograr un look completo. Léonard Autié era el peluquero responsable de ejecutar el concepto ideado por Rose Bertin.
A estos excesos se sumaba el Petit Trianon, un palacio privado que se utilizaba para escapar de las obligaciones de la corte. Y, sobre todo, la 'Aldea de la Reina' (Hameau de la Reine), una granja idealizada donde la reina y sus damas jugaban a ser pastoras. Esta desconexión con la realidad de un pueblo hambriento rayaba en lo obsceno y alimentaba el odio hacia su figura.
El banquete que insultó a toda una nación
La noche del 1 de octubre de 1789 marcó un punto de inflexión en la historia de Francia. En la Casa de la Ópera del Palacio de Versalles se celebró un banquete en honor del recién llegado Regimiento de Flandes. Jean Sylvain Bailly, alcalde de París y testigo de los hechos, lo describió como un "festín suntuoso". Por desgracia, no tenemos un registro detallado del menú que se sirvió aquella noche porque lo que pretendían las crónicas de la época era centrarse en la carga simbólica del acto. Pero dada la opulencia con la que se vivía en Versalles, es de suponer que se dispuso una mesa en forma de herradura para 210 comensales donde fluyó el vino en abundancia.
Un banquete de estas características constaba de varios “servicios”. Primero, las sopas y los entrantes; a continuación, una avalancha de asados y ensaladas; y para terminar, los postres y las frutas. Cada servicio se presentaba en imponentes vajillas de oro y plata, un espectáculo de derroche que contrastaba brutalmente con la realidad de un París que se moría de hambre.
El banquete no tardó en convertirse en una declaración de intenciones. Cuando llegaron Luis XVI, María Antonieta y el heredero al trono, el pequeño Luis Carlos, de apenas cuatro años, los oficiales que estaban presentes se pusieron en pie y aclamaron a la familia real. La orquesta no tardó en interpretar "Ô Richard, ô mon Roi, l'univers t'abandonne", un aria de la ópera Ricardo Corazón de León. Aquella pieza tenía mucha carga simbólica porque evocaba la lealtad inquebrantable a un rey que había sido abandonado por sus súbditos. Para los revolucionarios, esta escena no era una simple muestra de afecto al rey. Los oficiales del ejército estaban desafiando a la Revolución y eso no se podía consentir.
Las sospechas no eran infundadas. Cuando uno de los presentes propuso brindar por la nación, se produjo un silencio absoluto. Según el testimonio de Jean Sylvain Bailly, los brindis se convirtieron en gritos contra la Asamblea Nacional.
El símbolo tricolor profanado
Hay un refrán que asegura que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad y algo de eso hubo en la noche del banquete. Tras varias copas de vino, los oficiales comenzaron a arrancarse las escarapelas tricolores de sus sombreros y las pisotearon. Se trata de un acto simbólico de enorme calado porque ese pequeño lazo de cintas rojas, blancas y azules representaba la unión del rey con el pueblo de París. Algunos testimonios dijeron incluso que algunos oficiales orinaron sobre el emblema nacional.
Acto seguido, según relatan los documentos conservados en la Colección Waddesdon Manor, algunos soldados le dieron la vuelta a sus escarapelas para que mostraran tan solo el blanco, color que representaba al rey Borbón. Otros optaron por ponerse una negra, tonalidad asociada a la reina María Antonieta y a la contrarrevolución. Según la prensa de la época, varios de los miembros de los cuerpos leales a la corona, como los Guardias de Corps, los Dragones de Montmorency o los Guardias Suizos, intercambiaron sus uniformes como un gesto de fraternidad y de unidad con la corona.
La reacción en las calles de París
La noticia de la escarapela profanada se extendió como una mancha que envenenó la opinión pública parisina. Desde las páginas del ‘L'Ami du Peuple’, el científico y político Jean-Paul Marat describió lo sucedido en Versalles como una "orgía contrarrevolucionaria”. Por su parte, el abogado Georges Danton tronó desde la tribuna del Club de los Cordeliers, exigiendo que se persiguiera a cualquier persona que no llevase la escarapela tricolor. La Comuna de París respondió a tal exigencia reglamentando el uso obligatorio de la insignia circular.
Para asegurarse de que todo el pueblo fuera sabedor del escándalo, los revolucionarios inundaron las calles de grabados -el equivalente a los memes de hoy- con escenas bastante provocadoras. En uno de los más famosos, titulado "La orgía de los guardias de corps", se mostraba a varios oficiales borrachos que pisoteaban escarapelas bajo la mirada cómplice de una sonriente María Antonieta.
El relato que ganaba fuerza en los cafés y los mercados daba por hecho que se estaba preparando un golpe militar. Los soldados leales a Luis XVI se preparaban para marchar sobre París para disolver por la fuerza a la Asamblea Nacional y borrar de un plumazo cualquier atisbo de revolución. Las sospechas no eran infundadas: en agosto, el rey se negó a ratificar los decretos que abolían el feudalismo y aprobar la Declaración de los Derechos del Hombre. El pisoteo de las escarapelas en Versalles fue la gota que colmó el vaso.
Las heroínas del 5 de octubre de 1789
El historiador Jules Michelet resumió lo que estaba sucediendo en Francia, en aquellos momentos, con una frase muy ilustrativa: "Los hombres tomaron la Bastilla, las mujeres tomaron al rey". ¿Qué quería decir con esta reflexión? El 14 de julio de 1789, los parisinos asaltaron la Bastilla, una fortaleza medieval que el rey podía utilizar para encarcelar a quien él quisiera. Aquel acontecimiento significó destruir un símbolo de la tiranía monárquica. En cambio, el 5 de octubre, las mujeres no atacaron un símbolo: capturaron al rey y lo sometieron a la voluntad del pueblo.
Las protagonistas de la marcha no eran unas cualesquiera. El núcleo de este movimiento lo formaban las "Dames des Halles" (las Damas de los Mercados), el poderoso gremio de las vendedoras del mercado central de París. Se trataba de una corporación muy respetada en aquella época porque sus integrantes controlaban el suministro diario de alimentos de la ciudad más grande de Europa. Su trabajo diario hacía posible que miles de personas pudieran comprar pescado, fruta y toda clase de alimentos. Si ellas se declaraban en huelga, París no comía.
Además, estas mujeres disfrutaban de dos derechos exclusivos que les otorgó Luis IX cuando gobernó Francia durante el siglo XIII. El primero era el poder vender comida. Esto les daba mucha seguridad económica porque la gente siempre necesita comer y la compra de productos garantizaba unos ingresos estables que estaban por encima de la media en aquella época. El segundo era de carácter político. Aquellas mujeres eran las interlocutoras del pueblo ante el rey. Es decir, que cuando había problemas con el suministro del pan, ellas tenían el derecho de acudir a Versalles para hacérselo saber al monarca cara a cara. Lo crucial es que la marcha de 1789 no era para reclamar nada, sino para exigir de un modo violento.
Caminaron hacia Versalles armadas con escobas convertidas en lanzas, horcas, espadas, pistolas y mosquetes que, previamente, habían saqueado del ayuntamiento. También llevaron consigo dos cañones que se acabaron convirtiendo en un símbolo de su determinación frente al abuso monárquico.
Vendedoras convertidas en revolucionarias
Entre las líderes de aquel movimiento destacaron:
- Louise-Reine Audu, apodada la "Reine des Halles". Se ganaba la vida como vendedora y tenía cierta experiencia haciendo reclamaciones ante el monarca. Las fuentes de la época la describen como una mujer "excepcionalmente valiente y enérgica", capaz de hablar "muy francamente" al rey. La encarcelaron durante más de un año, pero la liberaron gracias a la presión que ejerció el Club de los Cordeliers, uno de los grupos políticos más radicales e influyentes de la Revolución Francesa.
- Louison Chabry, una florista que apenas contaba con 17 años. El historiador Jules Michelet cuenta que, al ser elegida para hablar con el rey, "su emoción era tan grande en presencia del rey que solo pudo articular '¡Pan!' y cayó desmayada". Esta escena es interesante porque ilustra las complejas dinámicas paternalistas que existían incluso en medio de un conflicto tan virulento.
- Junto a ellas, las crónicas también destacan a Théroigne de Méricourt, co-líder de la marcha, quien más tarde recibió una corona cívica por su heroísmo en el asalto a las Tullerías en agosto de 1792, y a Marie-Rose Barré y Jeanne Dorothée Delaissement, quienes jugaron un papel destacado en las negociaciones con el rey.
El día que el pueblo derribó las puertas de Versalles

Con los primeros rayos de sol, el tañido de la campana de la iglesia de Sainte-Marguerite marcó el inicio de una jornada que cambiaría para siempre la historia de Francia. Sucedió el 5 de octubre de 1789 cuando una columna de manifestantes caminó bajo la lluvia durante 20 kilómetros hasta llegar a Versalles. Las mujeres arrastraban dos cañones sobre un camino que se había convertido en un lodazal. Sus gritos de odio hacia la monarquía se mezclaban con palabras como "¡Pan! ¡Pan!".
Por su parte, el marqués de Lafayette se encontraba en una posición muy complicada. Sus propios hombres de la Guardia Nacional -una milicia formada por burgueses, artesanos y comerciantes de París- le dijeron que marcharían a Versalles con o sin él. Lafayette, que era un revolucionario moderado, se vio atrapado entre su deber de proteger al rey y la presión de sus propias tropas, que simpatizaban con la revolución.
Al llegar a Versalles cerca de la medianoche, tardó una hora en pasar revista a sus 15.000 hombres. Aquello tuvo mucho de teatro político y doble mensaje. El primero dirigido al rey y la corte donde se daba a entender que su ejército era disciplinado y lo tenía bajo su control. La Revolución la formaban personas decididas y, frente a eso, el rey solo tenía la opción de negociar. El segundo mensaje iba dirigido a la multitud y a sus tropas: Lafayette estaba al mando de la Guardia Nacional y no se cometería ninguna clase de linchamiento contra la familia real.
Después de esta exhibición de poder, el marqués entró en el palacio y se postró ante Luis XVI diciendo: "He venido a morir a los pies de Su Majestad". Con aquella frase su intención era doble: intentaba salvar al rey mientras le hacía ver que su poder ya no era divino, dependía tan solo de la Revolución armada.
El repentino asalto al palacio
A lo largo del 5 de octubre se fraguó una tregua tan débil entre ambos contendientes que finalmente se rompió a las seis de la madrugada del día siguiente. Un grupo de asaltantes descubrió una entrada lateral al palacio carente de vigilancia -algunos testimonios hablan de la puerta de una capilla- y entraron en el palacio con sed de venganza. El objetivo de todos ellos era claro: entrar en los aposentos de la reina. Subieron las escaleras gritando: “¡María Antonieta, te vamos a cortar la cabeza!”.
Dos guardias de corps, Deshuttes y Varicourt, trataron de impedir que la turba entrara en el dormitorio de la austríaca y lo pagaron con sus vidas. Les cortaron la cabeza a ambos y las clavaron en picas. Ninguno de los dos guardias habría imaginado que utilizarían una parte de su cuerpo como estandartes sangrientos de la insurrección revolucionaria. Al ver la escena, el guardia Miomandre de Sainte-Marie fue corriendo hasta la antecámara de la reina y gritó: "¡Salvad a la reina, vienen a asesinarla!". Después, tratando de impedir que abrieran la puerta, bloqueó el paso de la multitud con su propio cuerpo. Pero las fuerzas le flaquearon rápido. Tan pronto como María Antonieta logró escapar en camisón por un pasadizo secreto, Miomandre de Sainte-Marie cayó al suelo. Los asaltantes lo agredieron hasta dejarlo gravemente herido.
Fue en aquel momento cuando algunas mujeres, llenas de ira, acuchillaron el colchón convencidas de que la causante de todos sus males se escondía bajo las sábanas de seda. La reina, asustada y muy nerviosa, logró llegar a la estancia del rey mientras los granaderos de la Guardia Francesa trataron de expulsar a los invasores revolucionarios.
El encuentro con la familia real
La tensión se había desbordado en Versalles. Las personas que invadieron el recinto portaban armas en su mayoría y estaban dispuestas a todo con tal de saciar su venganza con la familia real. Lafayette trató de calmar los ánimos dentro de palacio, pero el gentío que vociferaba en el Patio de Mármol hizo inviable cualquier muestra de resistencia. "¡El rey a París! ¡El rey a París!" era la única frase que se escuchaba. Luis XVI, resignado, no tuvo más remedio que dar la cara ante el público que le esperaba.
El momento más dramático se vivió cuando la multitud pedía ver a la reina. María Antonieta apareció en el balcón llevando de la mano a sus dos hijos. Aquello enfureció aún más a la turba "¡Sin niños! ¡La reina sola!", gritaban. La austríaca hizo que se llevaran a sus hijos y se enfrentó sola a la multitud con las manos cruzadas sobre su pecho.
Fue entonces cuando Lafayette salió al balcón, se acercó a la reina, hizo una reverencia algo exagerada y le besó la mano. Aquel gesto inesperado convirtió la ira revolucionaria en asombro. Y así fue como sucedió algo que nadie habría imaginado: los gritos de muerte se convirtieron en vítores: "¡Vive la Reine! ¡Vive le Général!".
A pesar de la escena, la suerte de la monarquía absolutista ya estaba echada. No había vuelta atrás y todos lo sabían. Se cernía un futuro incierto y nada halagüeño sobre la familia real y buena parte de la aristocracia. Los primeros que se dieron cuenta de ello fueron los guardias reales que, en un gesto claro de rendición, se quitaron las bandoleras de sus uniformes y las lanzaron a la multitud. Aquel día el poder ya no emanaba del rey; residía en el pueblo armado que lo obligó a someterse a su voluntad.
💡 PARA RECORDAR
- El banquete del 1 de octubre de 1789 en la Ópera Real de Versalles fue el detonante de la Marcha sobre Versalles. Durante el festín, los oficiales pisotearon las escarapelas tricolores y brindaron contra la Asamblea Nacional, gestos que la prensa parisina interpretó como un insulto a la Revolución.
- La Guerra de las Harinas (1775) fue el antecedente clave: cuando el ministro Turgot liberalizó el mercado del grano, la especulación disparó los precios del pan hasta los 14,5 sous. Esto provocó más de 300 motines y sembró una profunda desconfianza hacia la monarquía.
- La erupción del volcán Laki en Islandia (1783) alteró el clima europeo, provocando veranos fríos e inviernos extremos que arruinaron las cosechas de 1788 y 1789 en Europa. Este desastre natural agravó la hambruna que ya sufría Francia.
- María Antonieta nunca dijo "Que coman pasteles". La frase apareció en las Confesiones de Rousseau, obra publicada en 1767. En ese momento, María Antonieta solo tenía 11 años.
- Las "Dames des Halles" (Damas de los Mercados) lideraron la marcha del 5 de octubre de 1789. Este poderoso gremio controlaba el suministro de alimentos de París y tenía el derecho exclusivo, otorgado por Luis IX en el siglo XIII, de dirigirse directamente al rey si la situación lo requería.
- La madrugada del 6 de octubre de 1789, las mujeres irrumpieron en los aposentos de María Antonieta gritando "¡te vamos a cortar la cabeza!". La reina escapó por un pasadizo secreto segundos antes. Dos guardias murieron defendiéndola y sus cabezas fueron clavadas en picas.
- Los hechos de octubre de 1789 pusieron fin a 800 años de monarquía absoluta. La familia real fue obligada a trasladarse de Versalles a París, donde quedaron bajo la custodia de los revolucionarios. Nunca regresarían al palacio.
❓ Preguntas frecuentes
¿Por qué se celebró el banquete de Versalles el 1 de octubre de 1789?
El banquete se celebró en la Ópera Real de Versalles para dar la bienvenida al recién llegado Regimiento de Flandes, que había sido enviado para reforzar la guardia real. Era una práctica habitual agasajar a las tropas con un festín. Sin embargo, lo que debía ser un acto protocolar se convirtió en una declaración política cuando los oficiales brindaron por los reyes, pisotearon las escarapelas tricolores (símbolo de la unión del rey con el pueblo) y gritaron contra la Asamblea Nacional. La prensa parisina interpretó estos gestos como un insulto deliberado a la Revolución.
¿María Antonieta dijo realmente "Que coman pasteles"?
No, María Antonieta nunca pronunció esa frase. El origen está en las "Confesiones" de Jean-Jacques Rousseau, escritas en 1767 cuando la futura reina tenía apenas 11 años y vivía en Austria. Rousseau atribuyó las palabras a una "gran princesa" sin identificarla, probablemente refiriéndose a María Teresa de España. En 1843, el periodista Jean-Baptiste Alphonse Karr intentó desmentir que María Antonieta hubiera dicho la frase, pero al asociarla con ella en su artículo, logró el efecto contrario: popularizó el bulo que se extendió por toda Francia.
¿Quiénes fueron las "Dames des Halles"?
Las "Dames des Halles" (Damas de los Mercados) eran el poderoso gremio de vendedoras del mercado central de París. Controlaban el suministro diario de alimentos de la ciudad más grande de Europa y disfrutaban de dos derechos exclusivos otorgados por Luis IX en el siglo XIII: el monopolio para vender comida (lo que les garantizaba ingresos estables) y el derecho político de ser interlocutoras del pueblo ante el rey. Cuando había problemas con el suministro de pan, podían acudir directamente a Versalles para reclamar al monarca cara a cara. Lideraron la marcha del 5 de octubre de 1789.
¿Cómo afectó la erupción del volcán Laki a Francia?
La erupción del volcán Laki en Islandia (1783) liberó una gigantesca nube de ceniza y gases que las corrientes de aire trasladaron hasta Europa. Este velo volcánico oscureció el continente y alteró radicalmente el clima: los veranos se volvieron fríos y húmedos, mientras que los inviernos alcanzaron temperaturas extraordinariamente bajas. Como resultado, las cosechas de 1788 y 1789 fueron desastrosas, lo que provocó una hambruna generalizada en Francia. Este cataclismo natural, combinado con la liberalización del mercado del grano y la especulación, agravó la crisis alimentaria que desembocó en la Revolución.
¿Qué pasó la madrugada del 6 de octubre de 1789 en Versalles?
A las seis de la madrugada del 6 de octubre, un grupo de mujeres descubrió una entrada lateral del palacio sin vigilancia y entró con sed de venganza. Subieron las escaleras gritando "¡María Antonieta, te vamos a cortar la cabeza!". Dos guardias de corps, Deshuttes y Varicourt, trataron de impedir que entraran en el dormitorio de la reina y fueron asesinados: les cortaron la cabeza y las clavaron en picas. El guardia Miomandre de Sainte-Marie alertó a María Antonieta, quien logró escapar en camisón por un pasadizo secreto segundos antes de que las asaltantes acuchillaran su colchón convencidas de que estaba allí.
¿Qué fue la "Guerra de las Harinas"?
La "Guerra de las Harinas" fue una oleada de más de 300 motines que estallaron en Francia en 1775 tras la decisión de Turgot, el Contralor General de Finanzas, de liberalizar el mercado del grano. Hasta entonces, el rey controlaba el precio del grano para garantizar que el pan fuera asequible. Cuando se dejó en manos privadas, la especulación disparó los precios y una hogaza de pan llegó a costar 14,5 sous (prácticamente todo el salario diario de un trabajador). La desesperación provocó violentos disturbios en todo el país y sembró una profunda desconfianza hacia la monarquía que fue el antecedente directo de la Revolución de 1789.
¿Por qué las mujeres fueron las protagonistas de la marcha sobre Versalles?
Las mujeres lideraron la marcha porque eran quienes sufrían directamente la escasez de alimentos: cada madrugada hacían cola frente a las panaderías y, con frecuencia, volvían a casa con las manos vacías. Las "Dames des Halles", el gremio de vendedoras del mercado central, tenían el poder económico (controlaban el suministro de comida de París) y el derecho histórico de reclamar directamente al rey. El historiador Jules Michelet lo resumió: "Los hombres tomaron la Bastilla, las mujeres tomaron al rey". Ellas no atacaron un símbolo como la Bastilla, sino que capturaron al propio rey y lo sometieron a la voluntad del pueblo.
